Un buen día me despierté con un mensaje en mi buzón: un atador americano se ofrecía para impartir un taller de shibari «método yu» en nuestro local.
En aquel momento, ni idea de quién era ni qué era eso del «método yu». Conocíamos algunas figuras japonesas, algunas europeas, pero nada de este hombre.
Con la prudencia y mesura que caracterizaron todas las decisiones que tomábamos en el Nawakai, y tras informarnos un poco, nos arriesgamos organizando el taller.
Fue algo realmente novedoso y creo que hasta hoy no he vuelto a ver una aproximación similar al shibari.
Una mezcla de energía ki, sadomaso, neurolingüística y quiropráctica... un todo en uno que nos sorprendió por su alta carga erótica, su accesibilidad técnica e intensidad emocional.
Creo que aquí fue cuando empecé a entender que el shibari era algo más que patrones rígidos y caras serias.